LA ODISEA FINAL


Arthur C. Clarke ha muerto. Para quien esto escribe su pérdida supone una triste noticia. No ya solo porque uno de los científicos y escritores de ciencia ficción más extraordinarios y lúcidos de todos los tiempos nos haya dejado sino, además, porque su fértil legado también germinó, en contadas pero jugosas ocasiones, en terrenos más cercanos a los temas que a esta revista conciernen: la informática, las comunicaciones y la seguridad.

  
LUIS G. FERNÁNDEZ  
Editor  
lfernandez@codasic.com  
¡Qué paradoja! Es ahora cuando se cumplen cuarenta años de la proyección y publicación de 2001 una odisea espacial, la fructífera obra parida al alimón por Clarke junto al cineasta Stanley Kubrick, sin duda otro gran visionario. A quienes aún nos sobrecogen sus cautivadoras imágenes, su demoledor perfilado del papel inquietante que los computadores, las TIC en suma, estaban destinados a protagonizar y la benévola visión de un próximo tránsito del ser humano hacia entes evolucionados venidos a más, la interpretación de su propósito no dejó a nadie indiferente.
Entre 1968 y 1996 dio forma a su tetralogía odiseica centrada en los acontecimientos sucedidos entre 2001 y 3001. Quién no recuerda cómo daba inicio: en los albores de la humanidad una inteligencia superior elige a un grupo de antropoides como candidatos seleccionados para una ulterior evolución. Con una maravillosa elipsis se muestra cómo el uso de la inteligencia devenía en evolución tecnológica –espacial en su caso– de inexorable impacto en la construcción de nuestra sociedad.
Quizá sea curioso recordar ahora como, mil años después, la epopeya espacial concluía con un acto sorprendente: el ser humano devolvía sus favores a su ente creador –a la postre una amenazadora civilización extraterreste con ánimo de conquista–, inoculándole código malicioso por vía galáctica. Quién lo iba a decir.
Tras cumplir noventa órbitas solares, Clarke nos ha dejado pero lega una ingente bibliografía. Escarbando en ella surgen repetidos avisos de cómo en tecnología se deben y cómo no se deben hacer las cosas. Ya nos advirtió con décadas de anticipación de la llegada del efecto 2000, de las consecuencias de la indisponibilidad y la suplantación, del espionaje, de los riesgos de seguridad que comporta el diseño imperfecto de los sistemas y de la mismísima rebelión y descontrol de la inteligencia simulada mediante tecnología. ¿Les suena?
En la hora de su odisea final, desde SIC nos despedimos con un hasta siempre.

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